TRES VIÑETAS DEL FORO
DE AUTOGESTION OBRERA
(MNER-CTEP, UPEA, JSP,
SECRETARIA DE PARTICIPACION CIUDADANA DE LA PROVINCIA DE
BUENOS AIRES, ÁREA DE ESTUDIOS POLÍTICOS LATINOAMERICANOS DE
LA FACULTAD DE HUMANIDADES Y CIENCIAS DE LA EDUCACIÓN DE LA UNLP,
CÁTEDRA LIBRE DE FÁBRICAS RECUPERADAS DE LA UNLP”)
PH: Lidia Villar
Quisiera compartir con el curso algunas impresiones que me dejó el Foro de Autogestión Obrera, como adelante quizás de encuentro del Jueves. Son tres viñetas, aquí la primera.
1.- El primer
cuadrito de la viñeta tiene como escenario la esquina del viejo
edificio de Humanidades, 7 y 48, una tarde de primavera del año
2001. La facultad estaba tomada y nosotros, en la calle,
participábamos de la toma a través de una clase pública en la que
Horacio González se debatía con Scalabrini y Sorel, ponele. En un
momento se nos acerca un muchacho y nos dice “disculpen compañeros,
vamos a molestarlos, pero tenemos que pasar”. Desde 47 venía
atravesando toda la avenida una gran bandera de la UOCRA, y detrás
media cuadra de, literalmente, descamisados.
Eran años donde las
marchas pasaban por calle 7 más seguido que el 273. Entonces, en el
segundo cuadrito de esta viñeta, nosotros nos subimos a la vereda
con los bancos y, aplaudiendo, dejamos pasar a la marcha que, por su
lado, se detuvo también a aplaudir. Creo recordar un “obreros y
estudiantes unidos siempre están”, pero la memoria suele tentarnos
con esas épicas. En todo caso, esas dos imágenes quedaron siempre
en mi memoria como un señalador del libro de nuestras biografías
sociales. Esa metáfora de un encuentro que no era tal, sino más
bien un anhelo. Ese sentir de que algo pasaba, que salimos a ser
parte, pero que la historia estaba siempre un paso más allá, ahora
ya cruzaba 49.
Por eso, que en el tercer
cuadrito estén aquellos, aunque otros, llenando un aula de la misma
facultad genera esa sensación de cita con la historia. Porque a
pesar de la poca difusión institucional que tuvo el encuentro, la
presencia de un tercio de universitarios le puso la cuota de color
local a un encuentro colmado por otras voces a las que estamos
acostumbrados a escuchar.
Algo así se escenificó
cuando al comenzar el encuentro Antonia hizo una especie de auto
critica académica señalando que historia estará siempre un paso
delante de nosotros, a lo que Hugo, uno de los que expusieron, le
retrucó que ellos no sentía que la historia estuviese un paso
adelante. Hermoso desaguisado entre los que están en la historia y
los que no. Porque eso fue de lo que se trató, un nuevo modo de
pensar los claustros, no hablando del “objeto de estudio”, ni
capacitándolo, ni inyectándole conciencia, ni transfiriéndole
conocimiento, ni nada. Por un rato la academia callo para alojar en
su espacio la palabra del otro, esa palabra tan traducida y explicada
y, entonces, desdibujada.
En el último cuadrito,
cualquiera de los que expusieron allí, está con el micrófono en
una mano agradeciendo a los compañeros la presencia porque si no
fuera por los compañeros que resistieron y los no tan compañeros
que traicionaron1…
Y ese compañeros queda en el aire como una gran cita con aquel
compañero que un día pidió permiso para pasar por la historia.
1
Alojar la palabra implica justamente el gesto de encontrar estas
distancias del lenguaje. No creo recordar un espacio académico
donde la cantidad de “compañeros” superara los “en este
sentido”. Pero también se hace de los encuentros, y “en este
sentido” (sic) la palabra compañero sonaba como cualquier nota al
pié en un paper científico. Porque si estamos habituados a leer
los papers a través de las citas, que es el modo en que se leen,
reconstruyendo el sistema conceptual del autor, el estado del arte;
entonces, las referencias al compañeros, Nestor, Daniel, Francisco,
Hugo, Miguel, son el sistema de citas, como le gusta decir a
Horacio, también “legados y “linajes”, el campo de posiciones
que constituye la condición de posibilidad del discurso.


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